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viernes, 10 de diciembre de 2010

¿Censura en la blogósfera venezolana? carta a los lectores de este blog


Amigos invisibles,

Parece ser que la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, que tanto bien ha hecho por la cultura y los medios en Venezuela, va a extender en breve sus efectos benéficos a los mensajes emitidos en medios como este blog.

Dudo que algún funcionario del ente de control CONATEL logre averiguar la existencia de una página como esta. Tendría que leer mucho para llegar a ella y a los censores, bien se sabe, no les gusta leer mucho. Simplemente como cuestión de principio, quiero afirmar (mientras pueda) que me opongo a cualquier forma de supervisión oficial en la blogósfera.

Es cierto que la red está llena de páginas racistas, homofóbicas, pervertidas, mentirosas y hasta estúpidas. Buena parte de ellas son generadas por gobiernos tanto de izquierdas como de derechas, así como por iglesias y sectas de toda índole. Curioso como aquellos que justifican como deber el derecho que se abrogan de protegernos paternalmente terminan indefectiblemente abusando de nosotros, los ciudadanos de a pie. La lógica de funcionamiento del militante convertido en burócrata y la del predicador se parecen: ambos poseen una verdad superior a la que poseemos los que apenas somos masa y ambos ejercen la suprema misión de mantener intacto a toda costa el orden que los ha puesto en esa posición de privilegio. Este es el camino del empobrecimiento de la cultura y, como consecuencia directa, de la vida misma de la nación.

Admito la presencia de amenazas en la red. Pero, chanfle, como decía la célebre invocación al Chapulín Colorado, ¿y ahora quien podrá defendernos de los que quieren protegernos? ¿Pensaron los legisladores en lo que pasará cuando ellos y sus amigos (que, asumamos por el puro argumento, son buenos y justos) no estén en sus cargos y estos sean ocupados por otros aún más corruptos y canallas que ellos? ¿No bloquearan estos los mensajes de aquellos en un ciclo infinito de represiones y censuras?

Alguien me podría decir que, siguiendo esta forma de pensar, solo faltaría darle licencia a cualquier pedófilo silvestre para montar, desde la oscuridad de una habitación sucia y sin ventilar, un poderoso aparato informático al servicio de sus bajos instintos. Le respondería que la red y sus usuarios pueden y deben generar mecanismos para denunciar esos mensajes y bloquearlos de sus máquinas sin la supervisión de una autoridad superior. Eso ya existe, desde hace rato.

Estoy convencido que sólo el ejercicio de la libertad, el avance de la cultura y el respeto al derecho que tiene cada hijo de vecina de tomar sus propias decisiones, pueden vencer estas y otras amenazas.

Los ciudadanos, la patria, el avance de la humanidad, llámenlo como quiera, necesitan una red abierta, creativa, irreverente, osada, llena de vida. En este siglo este es el medio ideal para que nazcan nuevas ideas (buenas, regulares y malas, da igual), para que se difundan y discutan vigorosamente. Y eso en una cantidad y velocidad nunca antes vistas en la historia.

¿Cómo podemos hablar de un mundo nuevo si insistimos en cerrar puertas y ventanas?

Gracias por leer.

Edwin Erminy


miércoles, 14 de abril de 2010

Las uniones civiles y la economía venezolana



Ciudadana Diputada
Cilia Flores
Presidenta
Asamblea Nacional
República Bolivariana de Venezuela

Parece mentira que a estas alturas la asamblea que usted dignamente preside no haya aprobado lo que haya que aprobar para dar lugar a la legalización de las uniones civiles entre personas del mismo sexo. Lo digo porque si le creemos a la gente de la oposición, el partido de gobierno (y el gobierno mismo) está dirigido en buena parte por lo que comúnmente llamamos gente gay. A la simétrica, si oímos a los voceros del proceso, entre los opositores lo que abundan son dirigentes de esa misma orientación sexual.

Entonces ¿Cuál será el impedimento?

Se me ocurren tres:

1.La clase política en pleno está formada por ignorantes que no se han enterado de que el ejercicio de la sexualidad (en cualquiera de sus orientaciones) entre adultos que se pongan de acuerdo para ello es un derecho personalísimo que no representa ni delito ni enfermedad alguna ni amenaza a nadie.

2.La clase política en pleno está formada por mentirosos y, al igual que en Irán, aquí los gays no existen.

3.Le tienen miedo a los curas.

Como la iglesia anda tan rayada por estos días, me parecería de un ventajismo desleal tumbarles el parapeto doctrinario que sustenta la homofobia, tan caduco como la lapidación bíblica de las mujeres adúlteras. También me parece aburrido repetir lo que ha puesto en evidencia la ciencia desde años sobre lo sanas y normales que son las diversas orientaciones sexuales, o el obvio discurso político que dice que si los ciudadanos gays tienen los mismos deberes deberían tener los mismos derechos que todo el mundo.

Creo que, a estas alturas, el argumento definitivo e irrefutable es el que nos da la economía.

Está documentado que una estrategia de supervivencia histórica de los grupos oprimidos de toda índole es desarrollar la capacidad para armar una buena rumbita. Pregúnteselo a cualquier antropólogo. Al día siguiente a la publicación en gaceta de la legalización de las uniones civiles comenzará a crecer una bola de nieve de bienestar económico impulsada por el boom de las agencias de fiestas montando los saraos nupciales (o unión-civilistas, o cómo decidan llamarlos) de este aproximadamente 10%, según el clásico estudio de Kinsey, de la población. No olvidemos que esos ciudadanos tienen familias y amigos de otras persuasiones que, con toda seguridad, se sumarán al jolgorio. Calcule usted el beneficio a la industria del tequeño; los fabricantes de cotillones; los modistas, sastres y alquiladores de trajes; las orquestas, mariachis y DJs mata-tigres; los floristas y fabricantes de centros de mesa; los que graban los videos y hacen las crónicas sociales; los que envasan el hielo en bolsas. Si las parejas gays se parecen en algo a sus semejantes heterosexuales, se multiplicarán las ventas de artefactos de línea blanca y otros adminículos más o menos inútiles propios de las listas de bodas.

No crea que estoy exagerando cuando digo que este puede ser el empujón que necesita una economía tan estancada como la nuestra. Ha pasado antes.

Un buen ejemplo de ello es lo que ocurrió en el barrio de Soho de la ciudad de Londres durante el gobierno de la primera ministra Margaret Thatcher. La dama de hierro nunca fue propiamente un adalid de las causas más progresistas, más bien todo lo contrario, pero ciertamente era una gerente pragmática y eficiente.

El Soho había sido desde la época victoriana el barrio de la prostitución, la pornografía y el tráfico de drogas, una mancha en pleno centro de la ciudad. También era una zona “alternativa”, de cafés bohemios y pubs gays. Dos caras de la misma moneda: un territorio oscuro, peligroso, con problemas de infraestructura pero también una zona con mucho carácter, atractiva e interesante.

Los yuppies conservadores inventaron un plan para atraer con incentivos fiscales a inversionistas dispuestos a montar negocios legítimos que revitalizaran la zona. Descubrieron algo que, de manera bastante peyorativa, llamaron la “libra rosada”. Entre la gente gay de clase media hay muchos profesionales exitosos, sin demasiadas cargas familiares y dispuestos a gastar buena parte de sus ingresos en cultura, entretenimiento, actividades sociales y de mejoramiento personal. Reunieron a un grupo de pequeños empresarios gays (o afines a la comunidad gay) que respondieron montando cafés, restaurantes, galerías, librerías y tiendas que convirtieron al Soho, primero en el barrio gay por excelencia de la ciudad y luego en el barrio de moda para gente de cualquier orientación sexual. Bajó la delincuencia, aumentó la generación de impuestos y la ciudad ganó un atractivo turístico más. Ahora cualquier fin de semana desfilan por Old Compton Street miles de personas (familias tradicionales incluidas); en verano las aceras se llenan de sillas y mesitas, y se puede disfrutar el mejor capuchino de la ciudad.

Poner fin a la homofobia, la discriminación patológica, insensata y primitiva contra la gente gay, no es solo una exigencia del avance de la humanidad, también puede ser buen negocio. A legislar, señores.

Atentamente,


Edwin Erminy
(Esta carta fue enviada vía electrónica a la dirección de la diputada Cilia Flores en la Asamblea Nacional. Nunca fue respondida.)

jueves, 11 de marzo de 2010

YO EXISTO: Una carta a Su Eminencia Jorge Cardenal Urosa Savino




Su Eminencia
Jorge Cardenal Urosa Savino

Caracas

Eminencia,

Antes que nada, y siguiendo una tradición venezolana de toda la vida, le pido la bendición. Que Dios sabe que buena falta nos hacen a todos en estos tiempos todas las que nos puedan dar.

A lo que iba. Acordemos, para empezar, que existo. Venezolano, portador de cédula y de este domicilio; católico como los de aquí, o sea que me hago la señal de la cruz y digo bajito “en nombre de Dios” cuando salgo de mi casa, a ver si me va medio regular y por lo menos sobrevivo para ver el día siguiente, y me encomiendo a la Virgen cuando paso la tarjeta de débito en el supermercado sin estar seguro que me alcance el saldo. En estos pequeños dramas cotidianos, así como en los trances más grandes, invoco la presencia de lo divino. De resto, bien gracias. Si las cosas salen bien, vale decir, si no me matan en la esquina de mi casa y salgo con mis bolsitas del supermercado, la presencia de Dios pasa cómodamente al asiento de atrás.

Claro, también hay momentos en los que creo me golpea Dios con un martillo luminoso en la cabeza. Por ejemplo, cuando oigo una cantata de Bach o cuando veo El Ávila al amanecer de un domingo cualquiera o cuando veo el rostro de mi amado. Y si son las tres cosas a la vez: ¡olvídese del éxtasis de Santa Teresa! Tristemente, estas experiencias místicas mías son más bien efímeras y eventuales, ¡qué más quisiera yo que andar iluminado por la vida!

Si confieso que mi diálogo con el Creador es más bien casual y de a raticos ¿qué decir de mi relación con la iglesia Santa, Católica, Apostólica y Romana?

Mi relación con la iglesia se parece a la que tengo con los partidos políticos: por un lado admiro su entrega a un ideal, su vocación de servicio, los momentos de heroísmo en su historia, las grandes obras que han propiciado. Los respeto, pero no me inscribo, ni voy a reuniones. En el caso de nuestra iglesia no puedo dejar de afirmar mi ferviente admiración por las monjas de Fe y Alegría, los padres Arturo Sosa y Luís Ugalde, y los curas de mi Colegio Francia que se fueron a bregar a los barrios de Petare, entre otros. Por otra parte, no puedo dejar de pensar en las incoherencias, las traiciones, los horrores, que forman parte de su historia. Errores, se dirá, propios de instituciones humanas y superados hace rato. Pero errores de una gravedad, de una profundidad tan grandes que me impiden salir a sacarme el carnet de catequista como si no hubiera muertos inocentes de por medio.

Así que por mi, bien bueno. Yo, por mi lado, entendiéndome a mi manera con el Altísimo y ustedes, por el suyo, en lo mismo. Cuando nos encontramos, bien. Y si no, no importa demasiado. A la venezolana: el cariño es el mismo y pa´lante es p´allá.

Sin embargo, hay un asunto público en el que la posición actual de la iglesia, que usted dignamente encabeza en nuestro país, se está instalando justo al centro de mi vida privada. Se trata del aparentemente espinoso tema del reconocimiento legal de las relaciones entre personas del mismo sexo.

Así que volvamos, si me lo permite, al inicio de esta carta. Habíamos quedado en que yo existo. Existo tanto como mi pareja, que es de mi mismo sexo, y ambos existimos como miles de parejas del mismo sexo que existen en este país y en el mundo desde mucho antes que San Pedro pusiera las primeras piedras de la iglesia.

Que esta reconozca que existimos es ya un logro que nos acerca. Un logro, digo, considerando los precedentes históricos en lo que la institución ha negado la existencia de cosas que simplemente no le cuadraban por razones doctrinarias: que si la tierra es redonda y gira alrededor del sol, que si la sangre circula por el cuerpo y otras menudencias por el estilo.

Claro, una cosa es reconocer que existimos y otra, muy diferente es aceptarnos. Aquí corremos en el mismo lote que históricamente corrieron judíos, negros e indígenas americanos. El de aquellos que la iglesia no acepta como iguales, también por razones de doctrina, y contra los que ha justificado la segregación, la esclavitud e incluso el exterminio.

Tengo fe que, al igual que en los casos de Galileo Galilei y del pueblo judío, la actual posición de la iglesia pueda cambiar. Que algún día algún Pontífice Romano siga con nosotros el ejemplo de Su Santidad Juan Pablo II, cuando en el año 2000 salió de buena gente y pidió disculpas por los pecados cometidos por la iglesia en el pasado en estos y otros casos. Ya me imagino la plaza de San Pedro convertida en un mar de banderas arco iris cuando logremos finalmente reconciliarnos. Es que, Su Eminencia, la capacidad de los gays para armar una buena rumbita es prodigiosa. Se ha nutrido de siglos de sufrimiento. Así sobrevivimos.

Ese día va a llegar porque la evidencia de que los homosexuales, lesbianas, bisexuales y transexuales, somos gentes normales y corrientes, diferentes solo en nuestra orientación sexual, es abrumadora. Que esta orientación sexual no es fruto de una selección personal perversa, ni de deformación o enfermedad alguna, sino la expresión de características propias de nuestros cuerpos y mentes. Que, por lo tanto, no somos contagiosos, ni dañinos, y hasta bien chéveres podemos llegar a ser. Eso lo sabe casi todo el mundo desde que la televisión era en blanco y negro.

El problema es que los procesos de una institución tan antigua y conservadora suelen ser bastante lentos y yo me voy poniendo viejo e impaciente y nada que logro resolver mi situación. Pero fíjese que hay una solución práctica mientras logramos dejar atrás la Santísima Inquisición y entramos en algo que se parezca a un futuro feliz.

Y vuelvo al argumento de entrada: yo existo. Si por apego a un dogma que ya huele a rancio, Su Eminencia y nuestra iglesia no me pueden aceptar todavía como un ser humano digno, yo, como cristiano lleno de compasión, humildemente los perdono. Si algún día nos tomamos un cafecito podemos seguir hablando con más detalle del tema, a ver si los logro hacer entrar en razón. De lo contrario, con todo respeto, con mirar para otro lado tiene. A quien si es verdad que no voy a perdonar ni de vainita es al Estado.

Porque resulta, Su Eminencia, que si a alguien se le ocurre la locura de poner a este país en guerra con otro, yo voy a estar llamado a defenderlo. Que si llego a ganar suficiente real, el SENIAT me va a obligar a pagar mis impuestos completicos. Que al señor de la alcaldía tengo que pagarle el derecho de frente y que tengo que respetar a mis vecinos y portarme como mandan las leyes de la República. Porque yo soy parte de este Estado y tengo los mismo deberes que cualquier otro. Por lo tanto, lo menos que puedo exigir es tener los mismo derechos que cualquier otro.

Que si me llego a morir, mi compañero pueda heredar lo que corresponda. Que podamos compartir un seguro como pareja. Que yo pueda dar la orden de suspender la resucitación si está más allá de salvarse en una terapia intensiva. Que podamos compartir bienes en comunidad. Asuntos todos privados y de la esfera civil que nada en absoluto tienen que ver con la iglesia.

Usted me dirá de qué manera esto pone en riesgo el matrimonio de la señora de al lado y su marido, o cómo es que esto va a hacer que ahora todos los niños y niñas del país se conviertan de la noche a la mañana en homosexuales rabiosos. Ojala pudiera entender, Su Eminencia, que lo que va a ocurrir, espero que más temprano que tarde, es el reconocimiento legal de algo que ya existe. La ley no va a crear nuevas relaciones homosexuales (¿cómo habría de crearlas?) sino que va a saldar una deuda de justicia con unos ciudadanos históricamente marginados.

Hasta aquí, todo muy civilizado. Pero es que resulta que al amparo del dogma ha crecido una abominación que es nuestro deber, el suyo y el mío, erradicar para siempre.

Se trata del odio irracional, patológico desde el todo punto de vista, hacia los homosexuales.

La homofobia existe y es peligrosa. Ya lo han advertido los organismos internacionales. Está detrás de los escolares y maestros que maltratan y marginan a los niños, niñas y adolescentes que presumen “raros”. Está detrás de los homicidios de transexuales en las avenidas de nuestras ciudades, convertidos en animales de cacería para entretenimiento de muchachones en Hummers, ante la indiferencia o la complicidad de las autoridades. Está detrás de los matrimonios infelices de homosexuales casados por guardar apariencias para sobrevivir a la persecución de sus superiores en empresas privadas y en la milicia. Está detrás de quienes, para referirse a la posibilidad de que se legalicen las uniones civiles entre personas del mismo sexo, suscriben publicaciones pidiendo nuestra muerte. Está detrás de los políticos de ambos bandos, en este país picado en dos, que utilizan la homosexualidad como herramienta para descalificar a sus adversarios. Usted lo sabe, porque a su propia institución la han salpicado con esta basura primitiva.

Ya está bueno ya. Se impone, Su Eminencia, que usted, como Príncipe de la Iglesia, como pastor de este rebaño, como cristiano y como ciudadano, se pronuncie. Este es un ruego, una exhortación, y, con toda humildad, una exigencia. Está en su poder ayudar a ponerle un límite a tanto odio.


Y que Dios lo bendiga a usted también.


Edwin Erminy

sábado, 6 de marzo de 2010

Primer concurso nacional de ideas: estrategias para sobrevivir como docente.
















Esta carta fue enviada a todos los profesores de la Universidad de las Artes como parte de una estrategia para incorporarlos a la actividad gremial. Aunque no tuvo ningún efecto práctico inmediato, me consuelo pensando que estos procesos son lentos y algo habrá quedado sembrado en medio de la abulia y el pesimismo generalizado. En todo caso, la joda me sirvió de catársis.
Posteriormente, el 5 de abril de 2010, fue publicada en la página editorial del diario El Mundo.

Queridos colegas:

Este sábado, aprovechando que entregaron los Cesta Ticket (que son de las pocas alegrías que me quedan en la vida) fui a hacer mercado, así que lo que aquí reporto tiene toda la fuerza de la actualidad: para que un profesor de la Universidad de las Artes sobreviva tiene que trabajar al menos 2,5 veces un tiempo completo a dedicación exclusiva.

Comprobar este sencillo hecho aritmético me sirve para confirmar la sabiduría del siempre vilipendiado Carlos Marx cuando establecía la diferencia entre los proletarios, cuyos ingresos están calculados estrictamente para que puedan reproducir su fuerza de trabajo en beneficio del capital, y el lumpen, que está marginado del aparato productivo y, por lo tanto, no importa mucho si se muere de hambre. Hoy sábado 27 de febrero de 2010, a las 11:00 a.m. descubrí que oficialmente formo parte del Lumpen Profesariat. Que, con postgrado en el exterior, premios municipales y obra publicada, amén de una vida dedicada al servicio de la educación y la cultura, ya no me alcanza para comer.

Es bueno saber donde está uno ubicado socialmente porque eso le permite a uno ajustar sus expectativas. Nunca tendré carro, ni casa propia, no debería tener hijos ni otras cargas familiares (o debería deshacerme de ellas a la brevedad posible); ni hablar de comprar libros, viajar o ir al cine, fantasías pequeño burguesas que sembró en nuestra psiquis el ancien regime. Teniendo esto claro podemos diseñar estrategias para afrontar de manera diligente la realidad.

Aquí ofrezco algunas ideas, en la esperanza que los que lean esto puedan sugerirme otras. La mejor sugerencia se ganará un Cesta Ticket que tengo encaletado en la cartera:

• Asignarle a cada profesor un platico para que, al estilo de los monjes budistas, reciban al final de cada clase una propina si los estudiantes encontraron que la clase fue provechosa o, cuando menos, agradable. El plato debería ser más bien un cuenco para permitir que los estudiantes más generosos puedan además colocar alimentos líquidos o sólidos, mezclados con el dinero.

• Aprovechar el peligroso paso peatonal frente al CECA Plaza Morelos para constituir equipos de a tres docentes (uno con franela roja, otro con amarilla y otro con verde) que entre clase y clase se conviertan en semáforos humanos que, por una módica suma que no enriquece ni empobrece, garanticen la vida de los transeúntes.

• Colaborar con el ahorro energético ofreciendo el servicio de cargar estudiantes por las escaleras y así reducir el uso de ascensores.

• Colocar filas de profesores frente a las ventanas para convertirlos en cortinas humanas que oscurezcan los salones para que se puedan proyectar presentaciones de video en las clases.

• Asumir de una buena vez la carga horaria de 2,5 veces tiempo completo a dedicación exclusiva, que debe implicar algo así como 20 horas diarias de presencia en la institución. Calculando media hora para el aseo personal y las necesidades fisiológicas, una hora para comer, dos horas optimistas perdidas en el tráfico (aumentan si hay que dar clases en dos CECAS), nos quedaría media hora completa para dormir, actividades de descanso y tiempo libre. ¿Será que creamos una comisión de deportes para usar ese tiempo provechosamente?

Por favor envíen sus ideas a erminy01@yahoo.com o a mi blog. Espero, literalmente con hambre, sus aportes. El premio será entregado en la Asamblea de Profesores que convocó Aprounearte para este jueves 4 de marzo a las 2:00 p.m. en la Sala de Conciertos del CECA Plaza Morelos. El tema salarial es apenas uno de los muchos desafíos que tenemos por delante los docentes para construir la universidad que soñamos, ojala no perdamos esta oportunidad.

Atentamente,

Edwin Erminy

Docente sobreviviente

jueves, 14 de enero de 2010

APUNTES SOBRE LA PROBLEMÁTICA ACTUAL DEL TEATRO TERESA CARREÑO. Carta de renuncia a la Gerencia de Producción del teatro.



Hace ya siete años que escribí esta carta. La reviso ahora y corroboro con dolor que la situación que denuncié en ese momento no ha hecho más que empeorar con el tiempo. Si fui muy duro al señalar a personeros del sindicato les pido disculpas. En honor a la verdad, creo que me asistía la razón. El cambio de actitud que ha ocurrido en ese gremio en estos años parece confirmarlo.
Hoy me siento tan "teresiano" como hace siete años, esa sigue siendo mi casa y esa mi familia.


Caracas, 21 de Octubre de 2003.

Ingeniero José Luis Pacheco
Presidente
Fundación Teresa Carreño

Apreciado Ingeniero,

Me dirijo a usted en la oportunidad de presentarle mi renuncia al cargo de Gerente de Producción que he venido desempeñando en la Fundación Teresa Carreño.

Sólo puedo entender el despido injustificado e inconsulto de dos de mis más valiosos colaboradores, Carolina Puig y Rafael Ramírez, como la expresión de su desconfianza en mi gestión. Entiendo que las diferencias políticas me han puesto en una posición en la que ya ni mis conocimientos ni mi talento tienen valor alguno para la institución y mi posición de gerente es cada vez más incómoda. Sólo así me puedo explicar por qué he sido puesto sistemáticamente al margen de la toma de decisiones en la institución. Durante meses me he mantenido en mi cargo por fidelidad a este teatro, en el que me inicié como guía de sala y que me permitió formarme como técnico y artista, dentro y fuera del país, durante casi 20 años. Ya no es posible permanecer en esta situación de marginación sin sacrificar mi dignidad personal.

Como un aporte final a su gestión, y para que quede constancia en la memoria siempre frágil del teatro, me permito remitirle algunos apuntes sobre la preocupante situación del teatro.

Lamento que el clima de confrontación política e intolerancia que vive el país, y que algunos se han empeñado en traer al teatro, nos haya colocado momentáneamente en aceras opuestas. En lo personal, le reitero mi aprecio y respeto.

Atentamente,

Edwin Erminy



Caracas 21 de Octubre de 2003.

APUNTES SOBRE LA PROBLEMÁTICA ACTUAL DEL TEATRO TERESA CARREÑO.

Ingeniero
José Luis Pacheco,
Presidente
Fundación Teresa Carreño.

Apreciado Ingeniero,

Fue un honor formar parte del Teatro Teresa Carreño. Ya no es posible. El lema de su gestión es “Ahora el Teresa Carreño es de todos”. La realidad de los hechos es que bajo su mandato el Teresa Carreño ha dejado de ser un teatro y sirve cada vez a menos venezolanos.

1. Un teatro medio muerto.

No puede ser de todos un teatro cuyas puertas están cerradas, cuyas salas están vacías. Celebramos los 150 años de Teresa Carreño y los 20 del complejo cultural que lleva su nombre cancelando la programación de ópera (incluyendo la suspensión en el último minuto de la última producción que nos quedaba, la ópera venezolana “Los Martirios de Colón”, por imprevisión financiera y una insólita incapacidad para negociar con los artistas), reduciendo al mínimo las funciones y eliminando los estrenos del Ballet Nacional de Caracas, compañía que fuera orgullo del país. El teatro no ha estrenado ni una sola producción, ni se ha planteado en concreto proyecto artístico alguno, durante su administración. En el campo de los espectáculos populares y folclóricos el balance es igualmente sombrío: solo dos espectáculos de música venezolana, el merecido y muy esperado homenaje al Carrao de Palmarito, convertido inexplicablemente en un evento cerrado al público, con la sala a medio llenar de funcionarios del CONAC obligados a asistir mediante circulares a sus jefes y activistas políticos que aplastaron con sus consignas el canto y el recuerdo del maestro; y el mitín político “Barrio Adentro”, organizado por la Embajada de Cuba, con la participación del grupo Madera, contraviniendo una norma dictada por usted mismo en contra de las actividades de proselitismo político en nuestras salas. Los pequeños y medianos empresarios, que tradicionalmente alimentaban con su trabajo nuestra programación, han desaparecido paulatinamente, llevándose su experiencia y contactos artísticos de años, sin que pudieran llegar a ningún tipo de convenio con el teatro. Ya es normal ver pasar fines de semana sucesivos sin actividades en la Sala Ríos Reyna.

Los planes educativos, que permitieron unir el esfuerzo de artistas, empresas privadas y el teatro para traer a decenas de miles de niños de escasos recursos a nuestras salas, y nos merecieron el reconocimiento de la UNESCO, mueren hoy de mengua. Apenas sobrevive, sin continuidad, orientación pedagógica ni apoyo financiero, el programa Ballet para las Escuelas: una iniciativa aislada de algunos empleados del teatro.

Hoy en este teatro no se canta, no se baila, no se actúa, no se produce y no se educa. El teatro ni siquiera cumple con su misión de colaborar con quienes si lo hacen: los teatros y agrupaciones culturales del área metropolitana. Siguiendo sus órdenes, de nuestros inmensos depósitos no ha salido ni un traje, ni una peluca, un par de zapatos o una tarima para apoyar la gestión de artistas profesionales ni aficionados que luchan por expresarse y servir a sus comunidades, pese a las dificultades del momento. De nada han valido las proposiciones de intercambio ni los proyectos de reglamentos que hemos elaborado para garantizar el uso adecuado y responsable de esos recursos. Para el “teatro de todos” no existe la solidaridad ni la responsabilidad social.

La pretensión de cobrar alquileres por igual a todos los que solicitan nuestra colaboración, incluyendo ahora el uso de espacios de ensayo que durante años han estado a disposición de los mejores artistas del país, no solo huele a neo-liberalismo del más salvaje sino que resulta francamente insensata y discriminatoria. Nadie alquila nada. Nadie tiene real. No se puede aplicar el mismo rasero a una gran empresa publicitaria que a cualquiera de nuestros principales grupos de teatro y danza, actualmente en peligro de extinción. Su gestión está colaborando con esa extinción. En el futuro será difícil recuperar el tiempo, e imposible recuperar los talentos, que hoy estamos perdiendo.

2. Un teatro que ya no es teatro.

Lo que ahora sustituye al ballet, la ópera, el folclor y los espectáculos populares en nuestra programación son las múltiples presentaciones personales del Señor Presidente de la República.

La relación de este teatro con el poder ha sido siempre difícil y desigual. El ego de los gobernantes ansía el espacio de los artistas por lo que tiene de grande y glorioso. Aunque sea solo en apariencia. Todos recordamos la mudanza del Congreso Nacional al teatro para celebrar la pavosísima coronación de Pérez II. Poco ha cambiado en estos tiempos, quizás más bien se han profundizado esas tendencias.

Nadie puede negar el derecho, nacido del poder y no de la razón, que se abroga el primer mandatario de utilizar a su libre albedrío los espacios del teatro. Lo que si podemos es argumentar que convertir una sala de espectáculos de nivel internacional en una sala de audiencias implica una sub-utilización irracional de los recursos técnicos y artísticos de la institución y un atentado contra la vocación del edificio.

¿De qué sirven la tramoya computarizada, las plataformas móviles de uso variable, los controles de iluminación, el acondicionamiento acústico, el personal altamente especializado, para que el Señor Presidente pueda, por ejemplo, repartir uno a uno, durante horas sin fin, cheques a atletas de mérito? ¿No valdría la pena sugerirle al Señor Presidente que utilizara respectivamente la habilitaduría del IND, allá en Montalbán, o los gimnasios de ese organismo o, para mayor gloria deportiva, el Estado Olímpico de la UCV?

El Teatro Teresa Carreño es más o menos bueno para las artes escénicas, la música, el cine y algunas pocas cosas más. Eso ya es bastante. Al menos para los que creemos en el valor civilizador de las artes y en el derecho del pueblo a acceder a sus expresiones. ¿Para qué forzar la barra?
Cada edificio tiene su vocación: su ubicación, su forma arquitectónica, sus recursos técnicos y su historia los hacen adecuados para un determinado fin. El Aula Magna de la UCV, o la Sala Plenaria de Parque Central o el Auditorio de la Casa Sindical de El Paraíso, son buenos ámbitos para las asambleas. El hermoso espacio cívico de la Plaza Bicentenaria, Premio Nacional de Arquitectura, o la Plaza Caracas del Centro Simón Bolívar (si reubicamos a los buhoneros) son ideales para los grandes encuentros colectivos. Los estudios abandonados de VTV (si contratan algún escenógrafo con criterio) son ideales para las alocuciones mediáticas.

Uno no oye noticias como “el Presidente Bush declara la guerra a Irak desde el Radio City Music Hall”, o “Fidel condena a muerte a los disidentes desde el histórico cabaret Tropicana en La Habana”. ¿No podemos esperar de nuestros gobernantes un poco de respeto por la misión cultural de nuestra institución?

3. Dos visiones diferentes del teatro.


No se trata solo del desuso, el mal uso y el sub-uso de los espacios y recursos del teatro. Más grave aun es el choque de dos maneras de entender el trabajo del teatro, reflejo de dos éticas diferentes.

En el teatro sabemos que lo que no se planifica con tiempo y no se ensaya no sale. Un teatro decente en cualquier parte civilizada del mundo es programado por expertos con un año de antelación. Aunque usted no lo crea, eso ocurría en el Teatro Teresa Carreño hasta hace muy poco. Para la gente de teatro hay dos mandamientos universales: que el escenario es un lugar sagrado y que el público merece siempre el mayor respeto. Si no que le pregunten en el más allá a los difuntos Elías Pérez Borjas, Carlos Giménez y Vicente Nebrada cuyas iras incontenibles lograron grabarnos en el código genético que nada que no sea perfecto debe presentarse al público desde un escenario. Para cumplir con esa visión y ese nivel de exigencia nos hemos formado durante 20 años de vida institucional, tanto en la práctica del teatro como en pasantías, talleres, cursos y postgrados, tanto en el país como en el exterior.

Usted y yo hemos sido testigos de cómo para el Señor Presidente y quienes “organizan” sus eventos, estos valores son intrascendentes. La revolución es otra cosa. “Cuando lo extraordinario se convierte en cotidiano”, como decía el Che Guevara, ¿qué importa poner a activistas incompetentes o militares autoritarios, sin la menor noción de organización de eventos, a cargo de nuestra sala? ¿Qué importa traer en autobuses del interior a más gente de la que cabe en la sala, para hacerla esperar 5 horas por la llegada del Señor Presidente, pasando hambre y orinándose? ¿Qué importa improvisar el programa de un evento y utilizar recursos técnicos sin tiempo para instalarlos debidamente, y mucho menos para ensayar nada? ¿Qué importa llenar el escenario y la sala de pancartas mal pegadas con alambre y tirro?
Mi respuesta, ingeniero, es que si importa. Lo que la retórica del político llama “amor al pueblo” es lo que nosotros llamamos “respeto por el público” y nos debería obligar a atender con cortesía a todos los que entran a nuestro teatro, a comenzar las funciones con puntualidad, a exigir que la factura técnica y estética de lo que se presenta sea óptima. No hacerlo revela un profundo desprecio por el pueblo, esa gente que en las reuniones con la Casa Militar del Señor Presidente llaman “pueblo en general” como si se tratara de una masa amorfa que solo sirve para llenar el fondo de una toma de televisión.

4. Un equipo desmoralizado y desmembrado.

El efecto más grave de la imposición de esta visión de la vida del teatro ha sido la desmoralización, y ahora, el desmembramiento del equipo humano que durante 20 años se ha formado en este teatro, para sustituirlo por uno que sea cómplice de esta aberración. Su gestión necesita militantes que obedezcan la línea que baja del Señor Presidente, no tolera artistas y técnicos creativos, independientes y críticos.

El primer paso de esta estrategia ha sido neutralizar los niveles gerenciales, en los que por razones estrictamente partidistas usted no confía. Para ello ha centralizado en sus manos la totalidad de las decisiones técnicas, artísticas y administrativas, eliminando todos los mecanismos de consulta a los gerentes profesionales. Como resultado, las gestiones más sencillas se han hecho infinitamente lentas e ineficientes y la parálisis del teatro se ha agravado. Los gerentes han demostrado una y otra vez su disposición a trabajar con usted por la institución y se han topado una y otra vez con su puerta cerrada.

No parece coherente esta manía centralizadora y autocrática con los principios de la “democracia participativa” que supuestamente orientan al “proceso”. Esta contradicción la pretende resolver su gestión apelando al asambleismo.

Permítame una disgresión. En el teatro, en los teatros en general, no existe una jerarquía única e inamovible. Lo que hay es una estructura de mandos dinámicos y alternantes, en la que el tramoyista manda a la hora del montaje, el coordinador de escenario a la hora de la función, el jefe de sala justo antes y después, el director de escena (o de orquesta, o el coreógrafo) durante el ensayo, y así sucesivamente. Para el observador neófito el teatro parece funcionar sólo pero lo que realmente ocurre es que los diversos mandos actúan de manera orgánica y las jerarquías, aún siendo abiertas, son conocidas y respetadas por todos. No es un mal modelo para una república.

Lo que resulta francamente inaceptable es que se haga creer al personal que son ellos, en pleno, reunidos en asamblea, los que tienen la potestad de decidir en áreas tan especializadas como la programación artística o la distribución del presupuesto.

Primero porque conceptual y políticamente la idea es un esperpento sobreviviente de los años 60 del siglo pasado. Poner a la burocracia interna de las instituciones del estado como el centro de la gestión cultural no tiene sentido. ¿Es que acaso los espectadores, tanto los existentes como los potenciales, no tienen derecho a opinar sobre el destino de un teatro que debería ser su espacio de encuentro? ¿Es que acaso los artistas, los intelectuales, los creadores, no valen nada para un teatro que debería ser su espacio para la creación?

Y en segundo lugar, es inaceptable porque es mentira. Las decisiones no las toma nunca la asamblea. Están cocinadas antes y se presentan solo para informar al personal, con énfasis en la distribución de prebendas que acallen las conciencias. No hay debate. Hay, como en las asambleas de Stalin, aclamación.

Mucho me temo que lo que está detrás de esta visión infantil, sectaria y burocrática es la desmedida ambición política de un personaje que se ha convertido en el verdadero factor de poder en el teatro y que lo está utilizando, a usted y al teatro, como un trampolín para metas personales más altas. El jefe de un sindicato ilegítimo que despide empleados y hace nombramientos sin consultarlo a usted y mucho menos a las bases que lo eligieron. El jefe de un sindicato que, al igual que usted, es testigo silencioso de las limitaciones al derecho al trabajo, los maltratos y las amenazas, tanto veladas como directas, a los que han sido sometidos nuestros compañeros de sala y de escenario por parte de funcionarios armados de la Casa Militar del Señor Presidente, la DISIP y hasta los Tupamaros, que asumen el mando de nuestros escenarios durante las frecuentes visitas del primer mandatario. El jefe de un sindicato que ahora, casualmente, asume la “coordinación” de las presentaciones del Señor Presidente en el teatro, aparentemente con la potestad de hacer contrataciones millonarias de alquiler de equipos y servicios.

5. ¿Perspectivas?

Mientras el teatro esté en manos de un sindicalero convertido en pequeño emperador y de los colaboradores de un Presidente que no entiende la verdadera utilidad de un teatro, mientras estén marginados los gerentes y jefes de unidad profesionales, las perspectivas son sombrías. Continuarán los abusos, se reducirá cada vez más la producción, bajará la calidad. Serviremos cada vez peor a cada vez menos venezolanos.

Está usted equivocado en su decisión de comprar tecnología audiovisual de punta para mejorar la calidad de las presentaciones del Señor Presidente. Esos equipos se llevarán una inmensa tajada de un presupuesto que estaría mejor invertido en hacer teatro para la gente de Caracas. La tecnología se hará obsoleta en poco tiempo, la burocracia se abultará con los operadores de las nuevas máquinas, y las presentaciones del Señor Presidente seguirán siendo improvisadas, mal diseñadas, porque el rancho, proverbialmente, está en la cabeza de quienes “crean” esos eventos. Porque la ética que los orienta no está del lado de la calidad en el servicio a la comunidad.

En todo caso, ingeniero, volviendo a lo de la tecnología de punta, lo sensato sería mantener buenas relaciones con proveedores de servicios confiables, negociando condiciones favorables para la institución. Las empresas especializadas están dispuestas a hablar, pero su gestión no ha mostrado interés alguno en oírlas.

No bote los reales en equipos que nunca podrán cubrir las exigencias siempre cambiantes de los creativos del espectáculo. El Teresa Carreño necesita urgentes inversiones en mantenimiento y en el rescate de su programación artística y educativa. No hacerlo llevará al cierre del teatro, simplemente porque se nos caerá encima o porque dejará de tener razón de ser.

Si su gestión realmente quisiera hacer de este un “teatro de todos”, la función educativa no estaría eliminada. Sólo podremos ampliar el acceso de los caraqueños al teatro si sembramos hoy en los niños y jóvenes de todas las clases el conocimiento y la sensibilidad por lo que hacemos aquí, y la conciencia de que esta casa les pertenece. Esta es una tarea urgente. Mientras tanto, suena a retórica hueca la letanía sobre abrir el teatro a los excluidos. ¿Cómo piensa usted lograr que ese 80% de venezolanos que se acuestan hoy sin saber si van a comer mañana, aparten Bs. 50.000 de su presupuesto de actividades de ocio y tiempo libre para comprar los boletos subsidiados, por ejemplo, de Olga Tañón? ¿Cuál es su plan para que los caraqueños desempleados, o sub-empleados, o informales, encuentren la disposición física y emocional, no estén demasiado desinformados, desmotivados, cansados, inseguros o hambrientos para pasar una velada en el teatro? ¿Existen espectáculos elitescos, como se ha repetido hasta la saciedad, o es elitista la falta de estrategias realistas, efectivas y concretas para garantizar el acceso de todos a todos los productos del espíritu humano?

En cuanto a nosotros, los artistas y técnicos marginados por su gestión, sólo me queda confiar en las habilidades que hemos desarrollado durante siglos para lograr que la creatividad florezca en los momentos más oscuros. Seguiremos trabajando y luego, cuando pase este accidente, volveremos a entregar nuestro trabajo a nuestra comunidad en estos espacios. En el camino, trágicamente, quedarán las voces de cantantes que se perderán sin haber cantado, los cuerpos de bailarines que nunca bailaron, y la ausencia de tantos y tantos artistas, diseñadores y técnicos que perdimos a la diáspora del talento venezolano.

Atentamente,

Edwin Erminy,
Arquitecto Escenógrafo.
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